No hay duda de que el hecho de que te lleven a un cementerio como si de una visita turística se tratase, es una acción un tanto extraña. Mi amigo Albert Bonay, futuro pintor reconocido o al menos siempre intentándolo, como él mismo afirma basándose en el filosófico libro de Cortázar, Rayuela, me llevó a esta maravilla de sitio en mi último día de estancia en Milán.
La ciudad de Milán se pone a la altura de las prestigiosas ciudades italianas como Roma o Florencia por el hecho de ser la ciudad de la moda por excelencia y sin duda, lo consigue; y no solo por las mujeres italianas de todas las edades, sino que hasta los hombres destacan por su manera de vestir: capas, sombreros, abrigos, zapatos... todo en ellos es muy adecuado y elegante. Y aún así, es cierto que no tiene un Vaticano o una basílica de San Lorenzo, pero tiene un Duomo, una obra arquitectónica perteneciente al neogótico que impresiona solo con asomarse a la plaza. Pero me estoy alejando demasiado de mi objetivo, que era enseñar este cementerio que tanto me gustó; il Duomo se merece un espacio a solas.
Albert me contó que Verdi está enterrado ahí, en una se las tumbas que coronan el edificio de la entrada, no tube el privilegio de verla, pero con solo ver la entrada me imaginé la magnitud de tal espacio; era immenso, el cementerio más grande que he visto nunca, y el más rico en cuanto a la diversidad de las tumbas. Las había de todo tipo, desde la más humilde hasta la más ostentosa. Estátuas y esculturas, lápidas y monumentos enormes que mostraban el afán de poder de las familias milanesas.
Caminamos media hora por lo menos, congelándonos de frío, casi sin sentir las manos y sin poder vocalizar mucho a causa del viento helado. Aunque no hacía falta hablar mucho, la grandeza y respeto que te hacía sentir el conjunto de tumbas, no te invitaba a hablar, al menos a mi; era esa sensación de catarsis.
El recorrido acabó cuando una alarma sonó para avisarnos de que iban a cerrar, y con el temor de con solo pensar en tener que pasar una noche ahí dentro, aligeramos el paso hasta salir; una última mirada acompañó el pensamiento, un tanto extraño por cierto, de que sería todo un honor ser enterrado en él.









el mejor cementerio del mundo está en París, el Père-Lachaise, donde están Wilde, Morrison, Piaf and company...
ResponderSuprimirFantastico!..
ResponderSuprimirAcabo de leer una noticia que te podria interesar http://cultura.elpais.com/cultura/2012/02/01/actualidad/1328111154_564307.html
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